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martes, julio 11, 2006

El Reclutador

Se que fuera hace frío y no ha parado de llover desde hace días. Me gusta la lluvia.
Donde estoy encerrado, no llega la luz del sol ni el sonido del agua. La temperatura es artificial, hace un calor pegajoso e insípido. Es un ambiente desagradable para alguien acostumbrado al calor seco como yo. Pero creo que sobreviviré a esto.
Me tienen miedo y por eso me aíslan de los demás presos. No soy como ellos. Soy especial. Un “Asesino de Policías” como dijo la prensa.
La verdad, es que los guardias me tratan con cauto respeto, mezclado con algo de asco y compasión. Hacen bien, ellos no tiene nada que temer… de momento.
Se aseguran de que las correas están bien apretadas y los grilletes bien regulados para que mis pies no avancen mas de cincuenta centímetros a cada paso y mis manos no puedan subir mas allá de la cintura. A pesar de estar así de inmovilizado, noto el miedo en sus miradas, en sus educadas y bien moduladas palabras cuando me dicen que me pegue a la pared para que entre el sacerdote.
Una sonrisa apenas perceptible se forma en mis labios. Nadie la ve, porque estoy de espaldas a la puerta. En esta habitación no hay un falso espejo para que los que lo desean, puedan ver morir al condenado. Es una ejecución… intima, por así decirlo.
El sacerdote ya está dentro. Ya puedo darme la vuelta y sentarme en mi estrecha litera. Mis ojos se cruzan con los del cura. El no me teme, se cree a salvo y se permite el lujo de mostrar compasión, es un hipócrita que se esconde en su fe. Sin ninguna duda, merezco morir.
Estoy cerca, apenas faltan doce horas para que una enorme descarga eléctrica pase por mi cerebro y convierta mis ojos en gelatina humeante. Tengo ganas y empiezo a tener hambre.
Que sorpresa se llevarían si supieran la verdad. Si supieran con que están jugando.
El sacerdote me aburre con una palabrería que ya se de memoria. Dejo que el cuerpo mire fijamente al cura y le hago balbucear una blasfemia. Estoy junto al sacerdote y mi mano invisible, acaricia suavemente la nuca del cura. Podría ser mío ahora. Es un pecador, pero hay reglas. Podría escapar pero necesito el cuerpo que me ha cobijado hasta hoy, de momento.
A demás hay muchos guardias y es mejor hacer el transito cuando nadie te puede ver. Aunque no es necesario. Pero en estas circunstancias no está permitido.

Este cuerpo lo tomé un segundo después de que muriera. Apenas su alma se había alejado de su cuerpo, cuando llegué yo buscando desesperadamente un cuerpo vacío y que todavía me pudiera ser útil.
Lo primero que hice tras sincronizar mis nuevos nervios y músculos, fue reparar el agujero de bala que el atracador le hizo en el corazón, por veinte euros que tenía en la cartera. Cuando pude levantarme del suelo, me encontré rodeado de árboles. Estaba en un parque.
Junto a mis pies estaba mi/nuestra cartera. El atracador robó el dinero allí mismo y la dejo a mis pies el muy inútil.
La cartera tenía un carné de identidad y una dirección.
La ropa estaba sucia y si bien la carne ya no tenía heridas, la ropa si que estaba un poco chamuscada y tenía un pequeño agujero de bala. No hay problema.
Notaba el cuerpo entumecido. Todavía no se había recuperado del shock de la muerte. Pero pronto se recuperaría. En pocas horas estaría en plena forma.
Caminé hacia mi/nuestra casa. Vivía solo. Estupendo.
En el cuarto de baño había un espejo de cuerpo entero y puede ver en que estado se encontraba mi nueva adquisición.
Poca grasa corporal y músculos potentes. Estatura normal y cabello castaño. Un cuerpo corriente y que no llamaría la atención, salvo por unos inusuales ojos verdes. Tendría que usar gafas de sol.
En veinticuatro horas ya estoy perfectamente sintonizado con mi cuerpo. Así que salí a comer.
Me puse un forro polar con capucha que encontré en un armario bajo la escalera principal de la casa. Fui al parque. Mi cena rondaría por algún lugar del mismo.
Estuve un rato paseando por los estrechos senderos flanqueados por setos perfectamente cortados. La tardé fue pasando y todo se fue quedando cada vez mas y mas en silencio hasta que llegó un momento en que solo se oía el sordo rumor del tráfico en las cercanas avenidas. No tardé mucho en notar que me seguían. Al llegar a una pequeña plaza con una exquisita fuente en su centro, el atracador, se plantó junto a mi.
Me apuntó con su patética pistola y me pidió la cartera y el reloj. Algo muy típico en atracadores de poca monta, pero este era especial.
Era un asesino. El cuerpo que yo tenía ahora, no era el del primer ser humano que mataba. De hecho, ahora lo que menos contaba para el miserable ratero, era el dinero que pudiera robar…
Le había cogido el gusto a matar y lo hacía siempre que podía. La suya, era ya una espiral de muerte y no pararía hasta que lo cogiera la policía en un descuido por su parte o bien por pura suerte. Era lo que siempre había querido ser. Un asesino. Fue un ladrón de tres al cuarto, hasta aquel día en que le disparó a una mujer en un parking de un centro comercial.
Al principio se dijo a si mismo que había sido un accidente, que no quería matarla…
Pero luego se dio cuenta de que no sentía remordimientos. No se sentía culpable y tardo menos de seis horas en llegar a la conclusión de que esa puta merecía morir. ¿Porqué resistirse a que le robaran las tarjetas de crédito y cien euros en efectivo? Porqué era una miserable que merecía morir ¿no?
Lógica aplastante.
Le di mi cartera haciendo temblar exageradamente las manos, le mostré mis muñecas desnudas. No tenía reloj, porque ya me lo había robado hacía menos de veintisiete horas.
Entonces me miró furioso a la cara y fue cuando me reconoció.
Se quedó boquiabierto y amartillo su pistola.
Me dijo que me conocía, que me atraco ayer y que me disparó. Que no podía ser que estuviera vivo, que me vio morir y bla bla bla… Siempre dicen lo mismo en estos casos.
Intento disparar, pero su pistola no funcionó. Con un movimiento tan rápido que no pudo verlo, le arrebate la pistola de la mano derecha junto con un par de dedos.
Intentó gritar, pero lo tiré al suelo, le metí sus dedos amputados en la boca y se la cerré, apretándola fuertemente con mi mano.
Me senté sobre su pecho atrapando sus brazos bajo mis rodillas.
Entonces, acerqué mi rostro a su cara contorsionada por el dolor.
-Vamos humano, respira por la nariz, puedes hacerlo… Se que te duele la mano. Tranquilo, dentro de poco estarás muerto y sin duda en un lugar acorde con tu personalidad.
Ahora mi deber es explicarte algo. Y por favor, no te muevas ni intentes escapar. No podrás y solo conseguirás que arranque mas partes de tu cuerpo con pequeños pellizcos.
Soy un demonio y llevamos bastante tiempo detrás de tus obras. Digamos que viendo como evolucionaba tu carrera y en que te convertías al final.
Pero verás, las cosas han cambiado bastante en los últimos tiempos. Ahora, el fin se acerca. Y por llamarlo de una forma suave, estamos … bueno, estamos reclutando a la fuerza a los que lucharán en nuestras filas. Ya no podemos esperar mas. La batalla es inminente, y ahora dime, ¿me crees?
El tipo asintió firmemente, pero noté que solo lo hacía por miedo. Después de este sermón y en su situación, hubiera creído hasta en Papa Noel. Creedme, un gordo peligroso.
Con un giro de muñeca, le partí el cuello y automáticamente fue reclutado. Su final era inevitable.
Ahora la segunda parte de mi plan.
Cogí el cuerpo del ladronzuelo y lo arrastré fuera del parque.
Salimos a una zona de copas repleta de gente. Todo el mundo me vio salir del parque arrastrando el cuerpo de ese pobre diablo, nunca mejor dicho. Disparé una vez al aire y apunté a varios humanos, pero sin disparar a ninguno. Los otros tan bien estaban reclutando y no se me permitía actuar en sus juicios. De hecho había uno observándome con una mezcla de repugnancia por mi condición y codicia por mi presa capturada. Pero como no podía intervenir. Se dio la vuelta y se mezcló entre los humanos.
La policía no tardo ni diez minutos en rodearme con sus coches y apuntarme con sus pistolas. Era divertido. Pero tenía un último trabajo. Justo allí mismo.
Apunte con la pistola de mi último trofeo a uno de los polis.
- Te tengo.
Un disparo, seguido de mucho otros…
Mi cuerpo debería de haber muerto allí mismo. Y yo una vez liberado, haber buscado un nuevo objetivo no lejos de allí. Pero no lo hizo, mi cuerpo no murió.
A pesar de que los compañeros del poli corrupto me dispararon seis tiros, mi cuerpo no murió.
Me encontré tirado en el suelo, sangrado y lo que es peor, inmovilizado. No podía curar mis heridas delante de todos estos humanos sin causar una conmoción e infringir las normas. Así que me limite a esperar acontecimientos.
Me llevaron a un hospital y por las caras de los compañeros del policía muerto, no se podía decir que lamentaran demasiado la pérdida de su camarada. En verdad, era un maldito hijo de perra, corrupto y perverso. Una joya.
Estuve dos meses dejando que el cuerpo se curará por sí solo. El hospital, estaba lleno de reclutadores de ambos bandos que pululaban por los pasillos en forma de enfermeras, médicos o llorosos familiares. En estos sitios, siempre se conseguía algo.
Cuando estuve recuperado, me metieron en prisión y poco tiempo después un amable juez, que en sus horas libres descargaba pornografía infantil desde internet, me condenó a muerte.
Acusado de asesinar a un ladrón que era sospechoso de varios asesinatos y a un policía corrupto, que estaba siendo investigado por asuntos internos.
Y hoy, por fin me van a ejecutar.
Mi cuerpo, era el de un relojero, que ocultaba en la trastienda un enorme congelador con los cuerpos descuartizados de tres mujeres a las que había estrangulado. Eso lo descubrieron tres días después de mi ejecución. Por su puesto, justo después del disparo en el parque, ya estaba reclutado.
Los que me guiaron a la silla eléctrica, eran buenas personas. Humanos íntegros, que seguramente los reclutaría el otro bando en el momento de su muerte. Curiosamente, en muchas ocasiones, a las mejores personas les toca hacer el trabajo más sucio. Tal vez por eso lo hacen.
Cuando la descarga pasó por el cuerpo y carbonizó su interior, salí de él.
Podía haber entrado en el cuerpo de un recluso que murió de una cuchillada en el mismo momento en que me ejecutaban. Matar a su asesino y buscar otro cuerpo.
Pero en prisión las oportunidades de cazar una gran presa, eran mínimas. Además, ya estaban casi todos ocupados o estaban esperando ser reclutados por uno u otro bando.
La ironía es que los dos lados, cazamos prácticamente de la misma forma y casi en los mismos lugares.
Cada vez de forma más perentoria. Porque la última gran guerra se acerca.
Floté hacía el exterior de la prisión y deslizándome como una sombra de árbol en árbol, me dirigí hacia la cuidad.
Mis sentidos se expandieron en todas direcciones.
Un grajo me susurró un nombre y una dirección.
Ya tenía otro objetivo e inmediatamente, empecé gestar un nuevo plan.
El tiempo pasa, y cada vez tenemos más posibilidades de alzarnos con la victoria. La sección de inteligencia del infierno, es de lo más útil y eficaz, encontrando candidatos a engrosar nuestras filas.
Nada de libre albedrío como los otros, solo órdenes y ejecuciones. Se puede decir, que vamos a “tiro hecho”, una expresión humana que me hace mucha gracia.
Estos humanos nunca aprenden y del bien al mal solo hay… una decisión y tal vez un reclutador apropiado cerca.

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