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miércoles, noviembre 18, 2009

Antes que llamara y la carne me abriese...

Antes que llamara y la carne me abriese,
que mis líquidas manos golpearan en el vientre,
yo, que era entonces informe como el agua
que formaba el Jordán junto a mi casa
era hermano de la hija de Mnetha
y hermana del gusano que gestaba la vida.
Yo que era sordo ante la primavera y el verano,
que no sabía los nombres de la luna y el sol,
ya sentía el latido bajo la armadura de mi carne,
aunque existía sólo en forma de infusorio,
veía las plomizas estrellas, el martillo lluvioso
que mi padre balanceaba en su cúpula.
Conocía el mensaje del invierno,
los dardos del granizo y la nieve pueril
y el viento era mi hermana pretendiente;
en mí saltaba el viento, el rocío infernal;
y mis venas fluían con los climas de oriente;
antes que me engendraran supe el día y la noche.
Antes que me engendraran ya por cierto sufría;
el potro de tortura de los sueños
enroscaba mi osamenta de lirio
en una cifra viva,
la carne era cortada para cruzar los bordes
de las horcas en cruces sobre el hígado
y las zarzas de los cerebros estrujados.
Mi garganta conocía la sed antes de la estructura
de vena y piel alrededor del pozo
donde palabras y agua se entremezclan
sin pausa alguna, hasta pudrir la sangre,
mi corazón conocía el amor, mi vientre el hambre;
al gusano yo olía entre mis propias heces.
Después el tiempo envió a mi mortal criatura
a derivar o ahogarse en los océanos
habituados a la aventura de la sal
en las mareas que jamás tocan las orillas.
Yo que era rico, me hice más rico aún
sorbiendo poco a poco el vino de los días.
Nacido del espectro y la carne, no era espectro
ni hombre, sino espectro mortal.
Y luego me abatió la pluma de la muerte.
Fui mortal hasta el último suspiro prolongado
que llevó hacia mi padre
el mensaje de su agónico cristo.
Tú que te inclinas en la cruz y el altar
acuérdate de mí y apiádate de Aquel
que mi carne y mi sangre tomó por armadura
y llegó a traicionar el vientre de mi madre.


Versión de Elizabeth Azcona Cranwell

Una de las muchas y maravillosas joyas de la poesía de uno de mis autores favoritos. Dylan Thomas.

Hace tiempo que no actualizo. Hay muchas cosas por hacer y poco tiempo para dedicarles.

Un abrazo a todos.

viernes, julio 31, 2009

La LLamada...



El teléfono suena en mitad de la noche.
El estómago se le crispa y parece como si unas lanzas de hielo atravesaran su cuerpo en los lugares concretos donde mas dolor y miedo producirían unas de verdad. Estaba soñando. La operación, el dolor de los cortes y la agonía de la recuperación. Una pesadilla.
El sudor frío no tarda en aparecer y la boca, pastosa como una ciénaga hace que se le pegue la lengua al paladar. No fuma, pero ahora mismo siente que un cigarrillo le vendría muy bien.
Su brazo coge el teléfono en segundos... un dedo rígido por la ansiedad, pulsa el botón para descolgar. Tiene la respiración agitada y el pulso tan rápido que lo nota en las sienes.
El teléfono parece mas pesado y frío de lo normal y se lo pega a la oreja con inexplicable repulsión.
Como cuando alguien ve un insecto particularmente asqueroso en algo que necesita coger.
-¿Si? - Su voz suena trémula-.
La línea al otro lado parece muerta. Solo un crepitar de fondo. Como una gran hoguera que ardiera con furia, lejos del auricular.
Mira el reloj, las tres y media. Su mujer duerme a su lado. El está empapado de sudor y se levanta de la cama con el teléfono pegado a la oreja. Sale de la habitación y va a al salón. La casa está en calma y un fuerte viento, caliente como el infierno, mueve las cortinas del salón.
Nadie habla al otro lado del auricular. Sin embargo hay alguien. Lo nota.
-¿Es una broma?... ¿Quien es?
El no se da cuenta, pero habla en susurros, pero no por no despertar a su mujer, si no por que algo en su interior, le dice que algo no es normal en esa llamada... Que al otro lado del teléfono hay algo que le da mucho miedo. Nota el cuerpo envarado por la ansiedad y los nervios.
La linea cruje repentinamente y el reza para que se corte, pero no es así. Escucha voces, hay gente hablando al otro lado del teléfono. Suenan muy lejos y sobre ellas el rugir del fuego.
El mismo sonido que tenía en la cabeza cuando estaba consumido por la fiebre en el hospital, ahora estaba al otro lado de la linea. No entienden lo que dicen, pero no hace falta estar muy despierto para darse cuenta de que entre las voces se escuchan gritos y un sonido peculiar, como el de unos enormes engranajes que giraran sobre arena ardiente.
Intenta colgar el teléfono, pero su dedo se niega a pulsar el botón. Esta envarado, como el resto de su cuerpo.
Intenta llamar a su mujer, pero no puede. Las palabras parecen marchitarse y arder apenas salidas de sus labios.
Se da la vuelta, quiere ir con su mujer. Necesita su presencia para recobrar el valor, para encontrar una referencia. Con ella todo esta bien. La necesita... y algo en su interior, en su cabeza, le dice con voz de falsete, que no la va a volver a ver jamas. Con horror se da cuenta de que la voz tiene razón.
Hay algo acechando en la puerta del salón. Algo que se esconde en las sombras del pasillo y que solo muestra una boca en la que parecen arder ascuas, repleta de afilados dientes y en la que repta una lengua venenosa que gotea células cancerígenas,del tamaño de cucarachas. Sobre la terrible hendidura de la boca,en la oscuridad, unos ojos del tamaño de pelotas de tenis, totalmente muertos y totalmente malvados, lo miran fijamente con un fulgor verde y dobles pupilas.
Sus brazos caen a los lados. Ya no necesita el teléfono para escuchar.
Las voces, el fuego, los mecanismos, engrasados con carne y sangre. Todo ruge en el interior de su cabeza.
El no lo nota, pero empieza a sangrar débilmente por los oídos, al poco la hemorragia se extiende a la nariz.
Una voz destaca entre la turba que ruge en su cabeza. Solo grita una palabra.
Venganza, venganza, venganza... sin parar. Esa voz viene del pasado... y entonces comprende...
-No, no, no.-Logra balbucear-.
Logra mover los pies y retrocede un paso. La cosa del pasillo, también retrocede un poco... como para darle esperanza y entonces se abalanza sobre el. El hombre no puede ni chillar.
Esa cosa, todo oscuridad y garras, lo coge del cuello y lo levanta, a pesar del tamaño del hombre, como si fuera un muñeco de trapo.
Le hunde las garras en los lugares concretos que mas duelen, justo con los que soñó.
Y mientras devora sus tejidos y sus fluidos. La bestia murmura con una voz como que suena a hojas muertas...
-No debiste joderlo, amigo, no debiste.
Los sonidos de su cabeza desaparecen en una luminosa y pura explosión de dolor. Y luego la nada.
Una oscuridad diferente en la que cae gritando en la eternidad.

Ella se despertó temprano. Su marido dormía como siempre, de lado y con las manos bajo la almohada. Al mirarlo, a pesar de que estaba recién levantada, sintió un enorme amor por el oso con el que compartía la cama.
Lo zarandeo suavemente y le murmuró un dulce te quiero al oído.
Su marido abrió los ojos y la miró, a ella le dio la impresión de que tardaba unos segundos en reconocerla. El le dedico una de esas sonrisas que tanto ayudaron en su día a conquistarla. Y le dio un beso en la boca...
-¿Ya es la hora, nena?
-Si, aquí empieza otro nuevo día.- Se levantó y fue directa a la cocina a prepararse un café bien cargado.
Desde la cocina, y sin ver el amasijo de huesos y carne del salón. Le grito.
-¿Me quieres?
La cosa, levantándose tranquilamente de la cama y desperezándose como una gato plagado de articulaciones innaturales, salió al pasillo y la miró fijamente con sus ojos verdes.
De su boca salió una lengua negra, de mas de medio metro de la que surgieron aguijones ponzoñosos, se relamió con placer... Y le dijo.
-Si, nena... te quiero... toda, pero lo que mas valoro en ti, es tu corazón.

El trabajo ha terminado. Y la verdad ha sido un placer. La carne humana siempre sienta bien al cuerpo de un demonio.
Ahora volverá con su amigo.
Es difícil hacer amigos en el infierno, y por él, haría lo que fuese. Incluso jugarse una reprimenda de su jefe por faltar al trabajo en los muelles de carga del Aqueronte.
Tan concurrido últimamente.
Fuera ruge el flamígero viento del sur y agita las cortinas. En la oscuridad de la casa. Algo que no es de este mundo se alimenta con el ansia de un hambriento.
Mientras chupa con evidente deleite el tuétano de los huesos, murmura...
No debieron, no debieron...

FIN....
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Tras mucho tiempo sin publicar nada aquí estoy para quien me siga.
Un abrazo a los de siempre que seguro que estáis por algún lado.